Hace muy pocos días finalizó en Parma, Italia, el
Congreso Mundial de IAMA (de agronegocios). Aún peor a lo sucedido con el evento del
año pasado que se realizó en Argentina, la cobertura de los medios fue nula. Y no me llama la atención. De Argentina fue una delegación que a juzgar por el tamaño relativo de otras no fue de las menores, pero hubiese esperado que más gente viajara. Sin embargo, el grupo que viajó fue muy reducido en el sentido de su homogeneidad: sólo una universidad se hizo presente, la UBA, mediante el Programa de Agronegocios de la FAUBA (quizás la mejor maestría de agronegocios del país). Completó el grupo argentino los miembros de IAMA Capítulo Argentino y un representante del Gobierno Nacional, nada menos que el ex-Secretario de Agricultura, Miguel Campos (quien no dio la mejor de las imágenes).
Por otro lado, en estos últimos meses se han realizados numerosos congresos, seminarios, muestras y jornadas de agronegocios a lo largo y ancho de Argentina. Todas con un perfil eminentemente técnico y de mercados. En todos los casos, la concurrencia superó por amplio margen las expectativas más optimistas, y los récords de visitas y ventas se suceden año a año.
Esta aparente paradoja plantea los contrastes de una Argentina que no logra unir su sistema académico con el sector privado de manera orgánica y sistémica. Son dos mundos separados que difícilmente logran tocarse. Por un lado los empresarios líderes en innovación tecnológica, aprendiendo lo último en los congresos técnicos. Por el otro, los académicos estudiando y ofreciendo soluciones a no-se-sabe-quién.
El potencial lo tenemos y existe en ambos lados, tanto en lo académico como en el sector privado. Es una pena no aprovecharlo permitiendo un trabajo conjunto.
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